Opinión y noticias

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Gobernanza y relacionamiento territorial

Guillermo Pérez Flórez

Presidente Grupo Civis SAS

En la primera década del presente siglo comenzó a adquirir carta de naturaleza la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), un proceso concomitante con la ola de privatizaciones y de adelgazamiento del Estado. En la medida en que los estados abandonaban parcelas de actividades económicas éstas eran ocupadas por el sector privado, pero en esa misma medida crecían demandas sociales que se trasladaban a las empresas ante el vacío o la precaria presencia del Estado.

Se comenzó a hablar entonces, de que las empresas tenían un compromiso para con la sociedad. Ya no bastaba con producir utilidades o beneficios para los accionistas, a partir de producir bienes, servicios y tributos, ahora era necesario garantizar tomar interés por el entorno y la sostenibilidad, en el sentido más amplio. Las empresas no podían ser indiferentes ante la realidad social y ambiental. Planteamiento que no hacía gracia a algunas voces, como la de Milton Friedman, para quien la responsabilidad social de las empresas consiste solo en aumentar sus ganancias. De esta manera, se introdujo un elemento ético en la discusión: las empresas no pueden ser indiferentes a la realidad social en la que actúan. La doctrina neoliberal abogaba por que el Estado renunciara a estar omnipresente en la economía, pues la iniciativa privada y el mercado estaban en capacidad de dar respuestas y satisfacer todas las demandas de la sociedad, pero ¿quién se encargaría de compensar las desviaciones y desequilibrios del mercado? ¿Quién de atender aquellos campos que por su naturaleza resulta imposible someterlas a la racionalidad del mercado?

Comenzaron a producirse crisis sociales que aterrizaron las discusiones filosóficas. Los huérfanos de Estado decidieron golpear las puertas de las corporaciones, en busca de soluciones. Se abrieron paso diferentes enfoques de RSE, la Triple agenda, el valor compartido de Michael Porter, la ciudadanía corporativa, etc. Por otra parte, la cuestión ambiental tomó fuerza, y puso en la agenda el concepto de sostenibilidad. La explotación del planeta tenía límites.

En Colombia el debate tiene un elemento estructural adicional, y es que algunas de sus regiones tienen problemas de gobernanza y una ausencia de Estado crónica, que dificulta la actividad y competitividad de las empresas. ¿Cómo pedirles a quienes operan en entornos críticos que compitan con empresas norteamericanas, europeas o asiáticas, que tienen entornos más estables y seguros? En algunas regiones del país los programas de RSE no dan abasto. Y lo que es peor, ha surgido otra discusión ética. ¿Pueden las empresas ceder ante demandas y actores sociales que alcanzan perfiles extorsivos? Poco a poco la relación empresa – entorno ha ido degenerando en un modelo transaccional perverso que antes que crear valor lo destruye. Además, en algunos entornos existen demandas insatisfechas históricas, ante las cuales la RSE poco o nada puede hacer. De repente, las empresas se ven inmersas en el campo político, la empresa como sujeto que debe participar en la gobernanza. Asuntos como la estabilidad política, la consolidación del Estado de derecho, los derechos humanos, la sostenibilidad y la competitividad sociales, la igualdad de género, la lucha contra la pobreza, la cuestión ambiental, se incorporan a la agenda empresarial. Participar de manera acertada en este campo, el relacionamiento con el territorio resulta absolutamente clave. Si no se entienden sus lógicas y particularidades, es difícil avanzar y ser competitivos. Emerge aquí un nuevo desafío con una naturaleza política. ¿Qué tan preparadas están las empresas para encararlo?

Bogotá, D.C. 15 de agosto de 2019

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